lunes, 22 de febrero de 2010

Mujer

Una dedicatoria a esas hermosas criaturas con las que podemos compartir la existencia. Lo siguiente lo eh extraído de uno de los libros mas geniales que he leído jamás, “El vagabundo de las estrellas” de Jack London, espero que a quien lea lo siguiente le agrade tanto como a mi.

Sus pies son divinos. Su pecho y sus brazos un paraíso para quien ellos reposa. El perfume que emite deleita el olfato. Su voz, cuando ríe, cuando canta a la luz del sol o al claro de la luna y cuando gime de amor por las noches, tendida de espaldas y presa del vértigo, es mucho mas dulce que cualquier música, que el canto de las espadas en la batalla. Sus palabras constituyen una exhalación de todo sus ser. Electrizan el nuestro y hacen correr el fuego, mucho mejor que el penetrante vibrar de las trompetas.

Incluso en el paraíso, el hombre, con las huríes o las valkirias (la cuales en el cristianismo se transformaron en ángeles y sus cabelleras en alas) se les ha reservado un lugar de oro. Pues el hombre si no puede concebir la tierra, mucho menos puede imaginar un paraíso en el que no figure la mujer.

Las constelaciones se desplazan en el firmamento. Ni la estrella Polar ni Hércules, ni Vega, ni el cisne o Casiopea estaban antes en el mismo sitio que hoy. Solo la mujer permanece. Solo ella es inmutable en la Eternidad.

Jack London

viernes, 12 de febrero de 2010

Vibrando 1º parte

Otra vez la fuga, el escape, la palidez. Deslizándose la pluma, recordando el aliento de las hadas o el olor de su piel fresca, todo entre bocanadas de marihuana, recostado en el suelo sintiendo frió y calor. Escuchando miles de voces que gritan al mismo tiempo al compás de un jazz estridente, todo entre la angustia por el tiempo que se escurre como cascada, preguntándome porque hay una niña blanca con un cuchillo sonriendo al otro lado de la habitación. Vibrando con el bit acelerado de mi corazón.

No es la primera vez que miro a esa niña, y no será la última.