Otra vez la fuga, el escape, la palidez. Deslizándose la pluma, recordando el aliento de las hadas o el olor de su piel fresca, todo entre bocanadas de marihuana, recostado en el suelo sintiendo frió y calor. Escuchando miles de voces que gritan al mismo tiempo al compás de un jazz estridente, todo entre la angustia por el tiempo que se escurre como cascada, preguntándome porque hay una niña blanca con un cuchillo sonriendo al otro lado de la habitación. Vibrando con el bit acelerado de mi corazón.
No es la primera vez que miro a esa niña, y no será la última.
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