miércoles, 12 de agosto de 2009

El Sueter

Se arrastró por el suelo del apartamento con lo poco que le quedaba de fuerza, dejando tras de si el rastro de sangre que brotaba de su espalda, mandaba toda su motivación hacia sus brazos que dificultosamente movían al resto del cuerpo moribundo. La ventana seguía abierta y desde afuera se podía observar por ella como el pobre hombre se arrastraba hacia su sala, buscando su teléfono.

Perdía la conciencia, sus piernas ya no le respondían. Sus ojos se entrecerraban poco a poco, jadeaba y escupía sangre la cual le dejaba un sabor metálico en la boca. Cuando por fin llego a la mesita donde estaba el teléfono, lanzo un par de golpes con los brazos a las patas del pequeño mueble; el aparato inalámbrico negro cayó y rodo cerca de su cabeza y él con un gran y doloroso esfuerzo colocó la bocina junto a su rostro.

Apretó los dientes para mover su brazo derecho, que ya en este punto era la única extremidad que le respondía y lo uso para con la mano teclear una serie de números lenta y cuidadosamente para no equivocar la digitación. Ahora bien el pudo haber marcado a emergencias, tal vez al hospital más cercano o a algún vecino y pedir auxilio con la poca voz que su sangrante garganta guardaba. Tal vez esto sería los más lógico si lo que pretendía era salvar la vida; pero en vez de todo eso, el marcó el número que se sabía de memoria, la única combinación de cifras que su mente podría recordar en ese momento.

El número pertenecía al teléfono celular de la misma mujer que lo había apuñalado hace apenas media hora, y que con un beso se despidió de él abandonándolo para morir. Se escucho el tono de espera un par de veces durante unos segundos pero para un hombre agonizante este intervalo de tiempo se transforma en una larga y tortuosa espera. Cuando su vista se volvió borrosa, por fin pudo escuchar la voz calmada y sensual de esa boca con los labios delgados y pintados de rojo carmesí. La voz que brotaba entre esos dientes finos y blancos. La voz dulce y tranquila como siempre de la mujer que estaba en el asiento de un taxi a toda velocidad.

Ella al reconocer el número de quien le llamaba solo contesto diciendo: -¿qué quieres?, y él, el hombre con la mirada blanca de sus ojos desorbitados, tirado en su sala, aspirando talvez su ultima bocanada de oxígeno, respondió: -olvidaste tu suéter, en el sillón.

Tras un breve silencio entre ambos el hombre moribundo y la mujer que huía rieron al unísono.

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